Donald Trump, el magnate que fagocitó las reglas de la política
Por Óscar Bellot | oct. 2016

Ni siquiera le preocupa que la publicidad que reciben sus comentarios sea positiva o negativa. Lo importante es estar continuamente en el candelero. Y no solamente desde que lanzó su carrera hacia la Casa Blanca el 16 de junio de 2015, sino desde que salió de la universidad para curtirse junto a su padre como empresario de la construcción.

Su progenitor le enseñó los rudimentos del negocio y la importancia de las conexiones políticas a la hora de pergeñar un imperio. Fred tenía Queens, Brooklyn y Staten Island como epicentro de sus operaciones, pero a Donald siempre le deslumbró Manhattan.

  • Su padre le enseñó los rudimentos del negocio y la importancia de las conexiones políticas a la hora de pergeñar un imperio

Y cuando decidió lanzarse a su conquista lo hizo a bombo y platillo. Corrían los años setenta y la ‘Gran Manzana’ no atravesaba sus mejores tiempos. Justo lo que necesitaba un joven ambicioso y decidido que, como él, disponía de líquido para gastar. A los 25 años tomaba el control de la Elizabeth Trump & Son, el emporio armado por su padre, y lo rebautizaba como Trump Organization. En los años venideros su apellido se haría omnipresente tanto dentro como fuera de la ciudad. Su primer pelotazo fue la adquisición del Hotel Commodore, que se hallaba en bancarrota y del que Trump se apoderó beneficiándose de una deducción fiscal por 40 años concedida por las autoridades de Nueva York que le permitió ahorrarse 160 millones de dólares. El estilo austero de los edificios residenciales levantados por Fred dejaría paso al lujo y la ostentación con que Donald impregnaba sus aventuras empresariales. A continuación vendrían otras compras como la del Hotel Plaza o el antiguo edificio del Banco de Manhattan.

Pero el golpe de gracia lo daría al levantar en la Quinta Avenida la Trump Tower, un faraónico edificio de algo más de 200 metros de altura y 58 plantas que operaría como sede central de su conglomerado empresarial y cuyos pisos superiores se reservaría el millonario como vivienda.

Trump era uno de los amos de Nueva York y todos sus pasos eran convenientemente publicitados. Así ocurrió cuando contrajo matrimonio en 1977 con Ivana Zelníčková, una atleta y modelo checa a la que convertiría en parte de su estrategia empresarial –obra suya fue la decoración interior de la Trump Tower, por ejemplo- y de la que se divorciaría en 1992 tras haberle dado tres hijos. Donald e Ivana habían sido una parte fundamental de la ‘jet set’ neoyorquina de los ochenta, pero los devaneos sexuales del empresario truncarían la relación. El magnate mantenía una aventura con la actriz Marla Maples y cuando Ivana lo descubrió abrió un agrio proceso de divorcio que coparía las primeras páginas tanto de los tabloides como de la prensa generalista. Había muchos millones en juego pese al acuerdo prenupcial firmado en su día por la checa y con el que el multimillonario pretendía blindarse. Ivana sacó toda su artillería e incluso acusó a su esposo de haberla violado en 1989, episodio que el periodista Harry Hurt III recogería en un libro titulado ‘Lost Tycoon: The Many Lives by Donald J. Trump’, donde quedaban plasmados varios de los cadáveres en el armario que escondía el exitoso empresario. De acuerdo con ese relato, Trump habría agarrado por el pelo a Ivana, llegando a arrancarle varios mechones, para a continuación penetrarla en contra de su voluntad. Los abogados de Trump forzarían posteriormente a Ivana a matizar esas palabras, precisando que se había sentido violada al haber carecido aquel acto del “amor” y la “ternura” con que su marido solía abordar esas situaciones.

Misógino

Pero Ivana no sería la única mujer que contribuiría a forjar una imagen de Trump muy distinta de la que el constructor vendía. Sobre la campaña presidencial han pivotado también los denigrantes comentarios de que hizo objeto Trump a Alicia Machado, una antigua Miss Universo venezolana que ganó varios kilos tras recibir la corona del concurso del que es dueño el empresario y a la que éste bautizó como ‘Miss Piggy’ (Miss Cerdita). Hillary Clinton empleó la trifulca como ejemplo de la misoginia de su adversario en el primer debate presidencial. Y Trump replicó más tarde acusando a Machado de haber participado en un vídeo sexual inexistente.

La grabación que sí salió a la luz, semanas después, fue una que data de 2005 y cuya aparición supuso el mayor golpe sufrido por el candidato republicano. La filmación recoge declaraciones soeces del candidato sobre las mujeres, las cuales, espeta, “cuando eres una celebridad te dejan hacer lo que quieras, puedes hacer lo que quieras (…). Agarrarlas por el coño. Puedes hacer de todo”.

La desaforada lascivia del aspirante le jugaba una mala pasada y motivaba a altos cargos republicanos a retirarle su apoyo, oyéndose incluso voces que demandaban que abandonase la carrera. Los medios, que hasta entonces se habían prestado mayoritariamente al juego que planteaba Trump, resucitaban viejas historias de acoso por parte del magnate hacia concursantes de Miss Universo y participantes en uno de los programas que le habían convertido en estrella televisiva, ‘The Apprentice’.

 

¿Mago de las finanzas?

Los negocios son otro de los ejes sobre los que se cimenta la mala imagen de Trump incluso entre parte del electorado republicano. Su pretendida maestría en este ámbito constituye uno de las bazas esgrimidas por el empresario tanto en las primarias como en la contienda con Clinton. Pero la realidad no se ajusta a lo que Trump vende. Su fortuna, según lo estimado por ‘Forbes’, es inferior a la que él proclama. Ascendería a unos 3.700 millones de dólares, frente a los 10.000 millones que se vanagloria de tener el neoyorquino. Y contrariamente a su deseo de ser visto como un ‘self made man’, lo cierto es que Trump heredó de su padre un negocio boyante que él se encargó a veces de ampliar y otras de colocar al borde del desastre.

Trump forjó su imperio en Nueva York y estuvo a punto de perderlo en Atlantic City. En esta última ciudad poseyó el empresario tres casinos a finales de los ochenta y comienzos de los noventa: el Trump Plaza, el Trump Castle y, sobre todo, el Taj Mahal. Este último era la quintaesencia de la opulencia con que Trump revestía cuanto tocaba. Se invirtieron unos mil millones de dólares en lo que el hoy aspirante a la Casa Blanca describió como “la octava maravilla del mundo”. Pero sus anhelos de convertirse en el rey de la localidad que pretendía desbancar a Las Vegas como capital del juego en EE UU pincharon en hueso. El Taj Mahal entró pronto en bancarrota y aunque los bancos y los propietarios de bonos con los que Trump había financiado su empresa sufrieron la peor parte de las pérdidas, el fiasco desempeñó un papel capital en el descuadre de las cuentas de Trump. Las deudas del magnate rozaron los mil millones de dólares en los noventa, afectado por la crisis inmobiliaria que golpeó Nueva York. Y hasta 2004 trató de reflotar sin éxito sus inversiones en la ciudad cuyo auge retratase magistralmente la serie ‘Boardwalk Empire’.

  • No siempre tuvo éxito: su ‘holding’ de casinos llegó a acumular una deuda de 1.800 millones de dólares

El declive de sus casinos se anticipó en una década al que sufrirían sus competidores. Para cuando llegó la petición de suspensión de pagos de Trump Hotels & Casino Resorts, el ‘holding’ acumulaba una deuda de 1.800 millones de dólares.

Entre finales de los noventa y los primeros años del siglo XXI, Trump logró mejorar el estado de sus finanzas, beneficiándose de acuerdos que en ocasiones bordeaban los márgenes legales. La construcción de la Trump World Tower y la puesta en marcha de otros proyectos inmobiliarios como el Trump International Hotel and Tower de Chicago permitió al magnate exhibir de nuevo sus credenciales, a la par que cultivaba su ego con realities como ‘The Apprentice’, en el que un grupo de empresarios peleaban por entrar en el imperio Trump. Y, por supuesto, tenía el control de Miss Universo, lo que le garantizaba sus demandadas dosis de exposición mediática y acceso a esas bellas mujeres que, de acuerdo a su propio relato en el vídeo que puso contra las cuerdas su candidatura, le resulta imposible dejar de besar.

Retahíla de improperios

Trump siempre había dejado abierta la puerta al inicio de una carrera política. Ya amagó con concurrir a las presidenciales del año 2000 encabezando la candidatura del Partido Reformista, pero terminó declinando. Y su nombre volvió a sonar para las primarias republicanas en 2004 y 2012. Para cuando se celebraron estas últimas, el neoyorquino era uno de abanderados de la campaña que cuestionaba que el presidente Obama hubiese nacido en Estados Unidos. Y siguió reiterándolo hasta que, proclamado ya oficialmente candidato del ‘Grand Old Party’ a la Casa Blanca en 2016, trató de zanjar la cuestión con un lacónico “nació en Estados Unidos. Punto” que acompañó con acusaciones a Clinton de haber sido la auténtica desencadenante de la polémica durante las primarias demócratas de 2008.

Trump salió victorioso de su combate con otros quince contendientes republicanos. Y lo hizo fiel a su estilo, realizando declaraciones grandilocuentes que en muchos casos carecían de asidero en la realidad, fustigando sin piedad a quienes le criticaban, lanzando improperios a quienes osaban desafiarle con preguntas incómodas y clamando contra mujeres, latinos, periodistas y un largo etcétera.

Su promesa de construir un muro en la frontera sur espoleó su campaña. Quienes catalogaron de “bufonada” su candidatura asistieron incrédulos a una marcha triunfal asentada sobre una serie de declaraciones incendiarias cada una de las cuales, en condiciones normales, habría fagocitado a cualquier aspirante al uso. Sostuvo que México sólo enviaba “violadores y criminales” a EE UU; proclamó que de llegar a la Casa Blanca impediría el ingreso en el país a los musulmanes; acusó a una periodista que le puso contra las cuerdas en televisión de haberle atacado por estar menstruando; se negó a condenar el respaldo del líder del Ku Klux Klan, David Duke; expulsó a un reportero que cuestionó sus planes migratorios; se burló de otro periodista discapacitado; vinculó a los refugiados con terroristas; se mofó de la apariencia de una de sus rivales republicanas; acusó a Hillary Clinton de ser cómplice de las infidelidades de su esposo y de acosar a las mujeres que le acusaron de comportamientos indebidos;

  • Sobre la campaña presidencial han pivotado los denigrantes comentarios de que hizo objeto Trump sobre las mujeres

negó su condición de héroe de guerra al senador y excandidato republicano John McCain; ensalzó a líderes de países que tradicionalmente han sido enemigos de EE UU como Vladímir Putin o Kim Jong-un; alentó a los hackers rusos a piratear las cuentas del Partido Demócrata y a buscar información sobre el pretendido uso fraudulento del correo electrónico por parte de la ex secretaria de Estado; vilipendió a aquellas mujeres “cerdas gordas, perras, y animales desagradables” que, dijo, no quiere ver cerca de él; atribuyó a Obama y Clinton la creación del Daesh; denigró a los padres de un soldado estadounidense de religión musulmana muerto en Irak; e incluso expulsó de uno de sus mítines a una mujer cuyo bebé estaba llorando mientras hablaba el candidato.

La retahíla de improperios crecía sin minar su popularidad y sin que se viesen reflejados en las encuestas. Hasta que la difusión del vídeo de 2005 en el que hacía apología del acoso sexual con frases como “me lancé a por ella como si fuera una perra, me la intenté follar, pero no lo conseguí. Ya estaba casada” puso en retirada a reputados miembros del Partido Republicano. Desde entonces, Trump navega en contra de una parte de su propio partido, aferrándose a la creencia de que está por encima del bien y del mal y que su condición de ‘rebelde’ será suficiente para llevarle hasta el Despacho Oval. De producirse, su victoria sería la más insólita de cuantas se recuerdan.

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Fuente: Morning Consult