Hillary Clinton, entre el amor y el odio
Por Óscar Bellot | oct. 2016

Más de un cuarto de siglo en la primera línea han convertido a Hillary Clinton en una de las figuras más denostadas para parte del electorado estadounidense. Primera dama durante ocho años, senadora por Nueva York por otros tantos, secretaria de Estado en el primer mandato de Obama, a quien no pudo derrotar en las primarias de 2008, y, finalmente, primera mujer escogida por uno de los dos grandes partidos desde el nacimiento de Estados Unidos como candidata a la Casa Blanca. A sus 69 años, la demócrata ha conseguido casi todo lo que se podía alcanzar en la política de su país. Tan sólo le resta un reto, que el suyo sea el primer rostro de mujer pintado en la galería de retratos de todos los presidentes que ha tenido la nación. Tamaña experiencia es, a la vez, su gran activo y su mayor hándicap en una campaña dominada por la retórica anti establishment de candidatos insurgentes como el socialista Bernie Sanders o el populista Donald Trump.

Clinton está acostumbrada a navegar con el viento en contra. Nacida en el seno de una familia de clase media de Chicago, fue la encargada de pronunciar el discurso de graduación de su promoción en el prestigioso Wellesley College. Allí fue presidenta de los Jóvenes Republicanos, aunque la evolución de la Guerra de Vietnam y la lucha por los derechos civiles provocaron su desencanto hacia el ‘Grand Old Party’. En Wellesley firmó una tesis sobre un activista de Chicago, Saul Alinsky, que años más tarde se convertiría en un referente para quien habría de cerrarle el paso en su primer intento por llegar al Despacho Oval, Barack Obama. E ingresó a continuación en la facultad de Derecho de Yale, donde conocería al hombre que cambiaría su vida, Bill Clinton.

Fue ella la que inició el acercamiento, al percatarse de las insistentes miradas del joven oriundo de Hope (Arkansas). Se casaron en octubre de 1975. Para ese entonces, Hillary había afrontado ya su primera prueba de fuego como miembro de la comisión que asesoraba al Comité Permanente sobre Asuntos Judiciales de la Cámara de Representantes en plena investigación del ‘Watergate’. Se le auguraba un brillante futuro político que optó por aparcar para mudarse a Arkansas con Bill. El nombramiento de éste como fiscal general del estado y posteriormente como gobernador en 1978 la mantuvo alejada de Washington hasta que ambos desembarcaron en la capital como presidente y primera dama en 1992. Pero de aquella época en Arkansas datan los primeros cadáveres en el armario de Hillary, convenientemente resucitados por los adversarios políticos de la pareja.

De Whitewater a Monica Lewinsky

Hillary Clinton compaginaba su trabajo en un prestigioso bufete con labores encargadas por su esposo, principalmente en cuestiones sanitarias y educativas. Nacía así el famoso ‘dos por el precio de uno’ que se convertiría en un lema de la campaña presidencial de 1992. La esposa del gobernador ganaba mucho dinero y ambos decidieron invertir en la Whitewater Development Corporation junto a Jim y Susan McDougal. El negocio, consistente en la compra de tierras sin explotar a lo largo de la orílla del Río Blanco en Arkansas con el objetivo de erigir en ellas viviendas de carácter vacacional, resultó un completo fiasco. Los McDougal eran a la vez propietarios de una caja de ahorros, la Madison Guaranty Savings and Loan, cuya quiebra en 1989 dejó arruinados a muchos contribuyentes. Hillary Clinton había asesorado legalmente a dicha institución entre 1985 y 1986. Durante la campaña presidencial de 1992, ‘The New York Times’ indagó en las inversiones acometidas en torno al proyecto y sus informaciones motivaron la apertura de una investigación por parte del Departamento de Justicia destinada a esclarecer el papel desempeñado por los Clinton. Al frente de la misma se situó el fiscal Kenneth Starr, que se convertiría en la auténtica ‘bestia negra’ del matrimonio durante sus años en la Casa Blanca. Las pesquisas llevaron a la condena de quince personas, pero los Clinton resultaron exculpados, no sin que antes Hillary se convirtiese en la primera esposa de un presidente en ejercicio en ser citada a declarar ante un gran jurado.

  • El peso que Bill dio a su esposa en su administración distaba mucho del clásico rol de primera dama

El ‘caso Whitewater’, alrededor del cual surgieron poderosas teorías de la conspiración que incluso llegaban a implicar a los Clinton en la muerte de un consejero de la Casa Blanca, Vince Foster, oficialmente dictaminada como suicidio, representó el comienzo de la pesadilla para ambos. El importante papel que Bill había adjudicado a su esposa dentro de su administración, en las antípodas del tradicional rol de la primera dama, la convirtieron en blanco favorito de los conservadores. Hillary sufrió un duro golpe cuando la reforma sanitaria, a cuyo frente la había situado el presidente, fue tumbada por el poder legislativo. Pero mucho más humillante fue para ella el ‘escándalo Lewinsky’. Hillary, que había hecho frente a las acusaciones de comportamiento deshonesto vertidas por mujeres como Gennifer Flowers durante la campaña de 1992, hubo de encarar ahora el huracán desatado por una antigua becaria de la Casa Blanca con la que Bill había mantenido relaciones en el Despacho Oval. La reacción inicial de la primera dama fue atribuir todo a una conspiración de la derecha para desalojarles del poder. Pero cuando las evidencias de lo ocurrido resultaron irrefutables su matrimonio se tambaleó. Bill tuvo que afrontar un proceso de ‘impeachment’ que no dio el fruto que ambicionaban los republicanos, mientras Hillary le prestaba públicamente su apoyo. Su actitud le granjeó la admiración de parte del electorado, pero ofreció munición a otros sectores que veían en ella un mero cálculo político. Sostenían estos últimos que si se quedaba al lado del presidente era única y exclusivamente para mantener su anhelo de alcanzar ella misma un día la Casa Blanca.

Ambición

A Hillary Clinton se le atribuía una ambición desmedida. Los republicanos la revistieron con una amalgama de las peores condiciones que pueden adornar a un político. Se la tachó de despiadada en el trato hacia colaboradores y adversarios, se le atribuyeron toda suerte de maquinaciones para tapar los escándalos que habían minado la presidencia de su marido. Y cuando en febrero del año 2000 lanzó oficialmente su candidatura al Senado por Nueva York, los conservadores vieron cumplidos sus temores. La todavía primera dama daba el primer paso de lo que numerosos analistas veían como su propia carrera hacia la Casa Blanca. Hillary no había participado nunca en la política de Nueva York y apenas hacía unos meses que había comprado allí una residencia, con el claro objetivo de postularse. Pero la popularidad de la todavía primera dama y la debilidad de su contrincante le dieron el triunfo en noviembre. Clinton rompía otra barrera al labrarse una carrera política al margen de su esposo.

Su estancia en el Capitolio no arrojó demasiadas sombras. Su trabajo quedó inmediatamente marcado por los atentados del 11 de septiembre de 2001 que motivaron su voto favorable a la intervención en Afganistán y a la hoy controvertida ‘Patriot Act’. Se pronunció también a favor de la guerra de Irak en 2002, aunque posteriormente se opuso al incremento de tropas demandado por George W. Bush en 2007. Hillary trataba de navegar entre dos aguas,adoptando posturas que no le granjeasen demasiados problemas en el futuro, lo que daba aliento a aquellos críticos que la acusaban de actuar exclusivamente en función de sus metas políticas.

El paso por el Senado era visto como el trampolín hacia una candidatura presidencial y esta llegó en 2008. Clinton era la favorita pero tuvo que claudicar ante Barack Obama tras una enconada disputa en las primarias. Obama acabó ofreciéndole el puesto de secretaria de Estado y ella aceptó tras las reticencias iniciales.

El cargo de jefa de la diplomacia de Estados Unidos reportó a Hillary elevadas cotas de popularidad, una media del 64%, por encima de cualquier otro integrante del gabinete. La política exterior de EE UU viró notablemente, desde el intervencionismo de la época del segundo Bush al repliegue adoptado por la Administración Obama.

  • El FBI la investiga por usar correo electrónico privados durante su época al frente de la diplomacia

Clinton se concentró en restañar las heridas causadas por las guerras de Irak y Afganistán, apoyando los esfuerzos del presidente para situar el Pacífico en el centro del tablero y abrir vías de comunicación con países que habían sido visto en el pasado como enemigos de EE UU. Pero cuando restaban pocos meses para su abandono del puesto sufrió un duro revés. El asalto al consulado estadounidense en Bengasi (Libia), perpetrado el 11 de septiembre de 2011, se saldó con la muerte de cuatro estadounidenses, entre ellos el embajador Christopher Stevens. Los rivales políticos de Hillary la acusaron de negligencia y la Cámara de Representantes abrió una investigación que llevaría a la demócrata a testificar durante once horas en octubre de 2015 sobre la gestión de esa tragedia. Las más de 800 páginas de que constaba el informe final no arrojaron ninguna prueba contra Clinton, que por entonces preparaba ya su nuevo intento de alcanzar la Casa Blanca.

Bengasi y los correos

En ellas andaba cuando una nueva ‘mina’ explotó a su paso. Las pesquisas sobre lo ocurrido en Bengasi habían puesto al descubierto que Hillary empleó servidores de correo electrónico privados durante su época al frente de la diplomacia de EE UU, lo que contravenía las normas gubernamentales. El FBI abrió una investigación, revisó miles de correos y descubrió que 110 de ellos contenían información clasificada que podría haberse visto expuesta a la acción de hackers o potencias extranjeras. El organismo concluyó que Clinton había sido “extremadamente negligente” pero recomendó que no se presentasen cargos contra ella al entender que no tuvo intención de violar la ley y no observar “deslealtad” hacia EE UU u obstrucción a la Justicia. Finalmente el Departamento de Justicia cerró el caso. Sin embargo, cuando las elecciones encaraban su recta final, el FBI reabría la investigación al encontrar nuevos correos de los que no había tenido constancia anteriormente, convulsionando la carrera por la Casa Blanca.

Durante la presente campaña, los republicanos han arremetido también contra las donaciones recibidas por la Fundación Clinton, señalando un posible conflicto de intereses entre las actividades de ésta y sus obligaciones cuando era secretaria de Estado.

  • En 2000 ganó con su candidatura al Senado de Nueva York y se labraba así una carrea política propia

Y tanto Trump como su rival en las primarias, Bernie Sanders, han vilipendiado sus relaciones con Wall Street, acusándola de representar los intereses del poder económico y financiero tan denostado por ciertos sectores del electorado.

Cínica, fría, carente de empatía, desmesuradamente ambiciosa, deshonesta e incluso corrupta para unos; inteligente, trabajadora, corajuda e inasequible al desaliento para otros, Hillary Clinton es una de las figuras más polarizantes de la política estadounidense que se recuerdan. Con ella no hay medias tintas. Se la reverencia o se la odia, pero no deja indiferente a nadie. Los mítines le incomodan, no acaba de conectar con la audiencia y sus fortalezas son tantas como sus debilidades. Tener enfrente a Trump es el mejor regalo que le podían hacer los republicanos. Claro que lo mismo podría decir de ella el magnate.

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Fuente: Morning Consult